La épica de Alejandro (1)

 

por Per Jespersen

 

traducido por Adriena Varhola

 

Un encuentro feliz

 

 

       El campo es realmente hermoso –como no lo es ningún otro lugar del mundo. Los árboles florecen, las mariposas revolotean como pensamientos en la mente. ¡Oh, es precioso y pacífico! Hasta las casas viejas guardan su encanto –con rosas rojas y dientes de león amarillos en medio de sus prados de verde profundo. Sólo en los sueños se encuentra mayor encanto.

       Y talvez todo sea solo un sueño. Miren, hay una casa lindísima con ventanales antiguos y una puerta increíble. Ahí podía estar habitando un hada –pero no es así. Donde hay hermosura, también hay tristeza. Ahí vive un abuelo anciano. Pobre –luce tan bondadoso y afectuoso—y sin embargo, está triste. Ha perdido a su única hija y el hijo de ella, Samuel. Sus ojos se llenan de lágrimas –ah, qué pesar. Pero trata de encontrar consuelo en su violín. Escuchen, está tocando una vieja tonada triste, pero cambia a una canción sobre la dicha y felicidad, sólo para consolarse.

       En la casa vecina vive una familia muy, pero muy pobre. No tienen trabajo, y les falta el dinero para poder enviar a su hijo Alejandro a la escuela. ¡Oh, lo que puede ocasionar la miseria! La madre de Alejandro no puede apreciar la belleza de su entorno -- la pobreza es tan abrumadora que no se puede ver belleza ni dicha si la mente está triste.

       Pero miren: la puerta se abre, y de ahí sale un hermoso niño. Es Alejandro. Sus ojos brillan con una luz espiritual que él mismo desconoce poseer. Toma su pelota, ya que está con ganas de jugar, pero no hay otros niños en la vecindad. Así que debe jugar solo –ah, cómo le encantaría jugar con otro de su edad. Pero botea la pelota en el estrecho sendero. “Oh, pelota querida, eres el único amigo que tengo –mi querida pelota”:

       ¿No es triste ser un niño solitario?

       Tal vez Alejandro piensa lo mismo –o a lo mejor el Buen Señor lo ha visto también. La bola aterriza en el prado del Abuelo, y Alejandro tiene miedo de recibir un regaño.

       Pero entonces Alejandro escucha una tonada que sale de la casa del Abuelo. Una canción alegre. ¡Qué hermosa es! Se encamina de puntillas a los ventanales de la casa para escucharla con claridad.

       Entonces la música se detiene.

       -Querido muchacho, ¿qué estás haciendo en mi ventana?

       -Lo siento. Acabo de escuchar su violín. Tiene un sonido tan alegre..

       -Claro. Estoy feliz de nuevo. ¿Cómo te llamas, muchacho?

       -Alejandro.

       -¡Oh, qué nombre tan bonito! Me hubiera encantado llamarme así. Entra.

       Alejandro entra, y el Abuelo toma su violín para tocar para él. ¡Qué hermosa tonada! Y observen los ojos de Alejandro --brillan con toda la felicidad de que es capaz.

       El Abuelo toma un pedazo de papel y escribe unas notas musicales.

       -¿Qué escribes, Abuelo?

       -El inicio de una canción.

       -¡Así que puedes hacer tus propias canciones! Pero una canción no se puede escribir en un papel, ¿o sí?

       El Abuelo sonríe.

       -Sí, es extraño, ¿no es verdad?

Coge el violín y toca la canción nueva. Alejandro escucha profundamente. Entonces dice:

       -¿Puedes tocar esa tonada en mayor? ¿Solo para hacerla más alegre?

       El abuelo se sorprende. ¿Cómo puede un niño de diez años saber sobre escalas mayores y menores?

       -Lo puedo escuchar –dice Alejandro.

       Pero el pobre está tratando de aprender a leer, aunque su familia no tiene dinero para mandarlo a la escuela, como sabemos.

       -Yo te puedo enseñar –dice el Abuelo.

       -¡No tenemos dinero!

       -No necesito que me paguen para enseñar a un niño tan listo como tú.

       Toma una hoja de papel y escribe una “A”. Entonces dice: ala, avión, almendro.

       -Ah, ya veo. Y Alejandro y arte.

       Ah, el Abuelo sonríe por primera vez en diez años.

       -¡Puedes aprender!

       Miren la sonrisa feliz en el rostro de Alejandro. ¿No es maravillosa?

       Hacen un trato. Alejandro acudirá a la casa del Abuelo todos los días, y aprenderá una letra nueva cada día.

       Un encuentro feliz. Eso puede publicarse en los diarios, porque he sido testigo de este encuentro. Así que se pueden fiar de mí.

 

Alejandro II