
por
Per Jespersen
Había una vez un pequeño chip electrónico. Había sido fabricado recientemente,
y yacía en el estante del consultorio de un brillante médico en el hospital. En
realidad, se trataba de un doctor muy inteligente –su escritorio estaba lleno
de papeles, y él se encontraba leyendo uno de los más importantes –aquél que
provenía de sus superiores. En eso residía su importancia. Tenía varios sellos
y las esquinas doradas. Por lo mismo, el doctor se caló sus mejores anteojos.
Eran caros, y sólo los usaba en situaciones de importancia. Después de
calárselos, se revisó la camisa y corbata, se peinó el cabello y procedió a la
lectura.
Un brillante médico con un documento oficial en sus manos. Ah, se veía que esto
era serio. Y el pequeño chip sabía de qué se trataba. Se sentía particularmente
orgulloso, porque le esperaba un brillante porvenir. El doctor leía, y el chip
permanecía en silencio. ¿Sería el próximo? ¿Esperaban el nacimiento de un nuevo
bebé? ¿Se podría cumplir su misión?
El médico se levantó, se sacó los anteojos y los colocó sobre los documentos
importantes. También se sentía orgulloso –porque sabía que era el médico
designado para comenzar una nueva tarea: colocar chips electrónico en el cuello
de todos los recién nacidos. Vivía el mejor momento de su vida como doctor. Oh,
cómo esperaba poder decírselo a su esposa, quien a pesar de serde buen corazón,
era también ambiciosa, ya que se había casado con un brillante médico. Y el
pequeño chip se sentía tan angustiado que estaba por lanzarse del estante al
escritorio de este médico tan inteligente. Qué raro que pudiera estar tan
nervioso si no tenía ni corazón ni arterias, sino solo elementos digitales.
Pero se sentía ansioso de todas maneras, y cuando vio que el doctor se dirigía
al estante, casi se le escapa su alma digitalizada.
Y entonces –nació un niño. Todos escucharon su llanto y se regocijaron con él.
Un bebé otra vez –un bebé otra vez—un nuevo ciudadano para el mundo. Todas las
enfermeras bailaron por los pasillos, y el brillante doctor por poco se les
une. Pero era demasiado listo para esto –sabía que su nueva carrera empezaría
ese día. Y el pequeño chip se llenó de júbilo. También él estaba por comenzar
su nuevo destino. Y esto era espléndido.
El doctor se aproximó al estante, buscando el chip apropiado para el recién
nacido, el cual debía vigilar al niño durante toda su vida, enviando un mensaje
cada hora del día al centro de gobierno para nuevos ciudadanos. El pequeño chip
miró al doctor – y créanmelo, él se dirigió a la repisa y escogió justamente a
nuestro pequeño chip murmurando: “Harás el trabajo para el centro de gobierno y
para mí, de manera que el centro siempre sepa dónde está y qué hace este niño.
¡Estoy tan feliz! ¡Finalmente mi inteligencia se hace realidad!”. El
doctor tomó el pequeño chip y lo llevó jubiloso y con cuidado a la habitación
donde había nacido el niño. Y lo inyectaron en su cuello. El chip sintió la
calidez de la sangre del bebé. Fue tan emocionante que el doctor se retiró
dichoso mientras las enfermeras aplaudían.
¡El plan brillante del doctor se había concretado, y la inteligencia
gubernamental se apuntaba una nueva victoria!
Pasaron los meses, y el niño crecía en su sueño mientras la luna iluminaba a
través de la ventana el rostro del niño durmiente. Y el pequeño chip esperaba
pacientemente que el niño creciera y se moviera, para poder reportarlo al
centro de gobierno. Oh, el pobre chip casi no podía esperar. ¡Pobre de él! Un
año es mucho tiempo ¡aún para chips digitalizados!
Así que el chip se durmió hasta que pasaran los años. Pero fue despertado por
el centro de gobierno cuando el niño fue llevado a la escuela por primera vez.
¡Había llegado el tiempo de trabajar y reportar!
El niño entró a su clase sonriendo orgullosamente. El primer día de clase es
muy importante. ¡Diantre! ¿Recuerdan su primer día de colegio? Yo sí, y nunca
lo olvidaré, así como tampoco el niño de nuestra historia. En su clase estaba
una niña maravillosa. Tenía el cabello dorado y los ojos azules como el océano,
y el muchacho se enamoró. “Llegó la hora de reportar”, pensó el chip, y se
digitalizó para enviar su primer mensaje al centro del gobierno. ¡Realmente era
una labor pesada!
Pero tenía una sensación extraña. ¡Qué tal chip! En realidad, lo que tenía era
remordimientos, porque había visto la extraordinaria sonrisa de la niña de ojos
azules. ¡Qué dulzura! Ella también se había enamorado: había mirado a un
muchacho de ojos pardos y pelo negro como la noche. ¿Quién no se enamoraría
ante semejante visión?
“¿Tendrá ella también un chip?” –se preguntaba-. “¿También la reportarán?”.
Ciertamente no le agradaba. Era terrible tener que reportar sobre el amor
inocente. ¡Pobre chip! Los remordimientos son terribles, ¿no es verdad?
¿Qué harían ustedes si fueran chips digitalizados que debieran reportar a un
centro de gobierno, y si un médico brillante los colocara en los cuerpos de un
niños inocentes?
¿Qué hubieran hecho ustedes?
Día tras día el pequeño chip electrónico veía cómo crecía el amor inocente
entre esos niños. Y la belleza se sobrepuso a la inteligencia y a la lógica.
¿No era el amor más grande que ellas? ¿No quedaba la lógica relegada al último
plano en el amor de un niño y una niña? ¡Había que tomar una decisión, y no era
fácil hacerlo!
Pero el pequeño chip lo hizo. Una mañana, después de que el chip observó cómo
el niño soñaba con niñas de cabellos rubios, mariposas de alas amarillas, y el
sol del día siguiente reflejado en la cabellera de la muchacha...—créanmelo: se
desprendió del cuello del niño en la entrada de la escuela. Observen con
atención: otro chip también saltaba del cuello de la niña. Los dos se llevaron
las manos al cuello diciendo: “¿Qué ha sucedido?”. Ambos escucharon un ruido
metálico en los escalones de la escuela.
Y sucedió así: el niño tomó la mano de la muchacha, y entraron juntos al aula,
mientras sus compañeros palmoteaban.
Es realmente un final feliz, ¿no es verdad?
¡Un amor verdadero que no fue reportado!
¡Amor inocente!
¡Privacidad!
Timesquare,
Randerup, Dinamarca
y
Liceo
Internacional, Quito