El cuentos de hadas sobre Hans Christian Andersen

por
Per Jespersen
Había una vez una casita
amarilla en un pueblo, oh, un pueblo maravilloso. Todos hablaban un lenguaje
extraño, pero lograban comprenderse a cabalidad. La casita soñaba durante la
noche, porque se ocupaba de velar por los que ahí dormían: un zapatero, su
esposa que lavaba ropa ajena para ganarse un dinerillo adicional, y un niño.
Éste dormía con sus libros escolares bajo la almohada, porque era la manera más
fácil de aprender –según le habían dicho sus maestros--, y como buen chico que
era, creía todo lo que los profesores le decían.
El niño dormía
profundamente, cansado luego de un largo día en la escuela y de una tarde de
trabajo. El muchacho hacía mandados y con eso se ganaba unos centavos. A veces
le sobraban unos minutos para jugar cerca del río, y un día creyó escuchar una
voz que no había oído nunca. Una princesa, oh qué hermosa era, que se puso a
llorar. Por su mente cruzaron sueños de princesas, y el sonido del río se convirtió
en voces de reyes y reinas.
-Oh, qué cuento de hadas –se
dijo a sí mismo.
Pero al chico lo sacaron de
su ensoñación otros muchachos que deseaban pescar. Lo encontraban tan peculiar
que siempre lo molestaban y se echaban a reír. Un niño no podía sentarse a la
orilla del río a soñar en princesas, de tal manera que corrió a hacer sus
mandados mientras los sueños seguían bullendo en su mente.
Los días de verano eran
largos en el campo, así que aunque llegara tarde a casa, todavía brillaba el
sol. Se sentaba en medio de la mata de grosellas negras del jardín, donde nadie
lo pudiera ver.
-Eres una planta fantástica.
Tengo una historia para contarte.
La mata no contestaba, pero
el niño le contó el cuento. Su voz llenaba todo el jardín e invadía el predio
vecino. Ahí vivía una señora gorda, que exclamaba:
-Ay, qué niño más loco. Los
tiempos han cambiado, debo reconocerlo.
¡Ah, qué felicidad en la
mente del muchacho! Qué buena historia. Parecía emerger de la nada, y sin
embargo estaba ahí y le llenaba de sorpresa.
-¡Gracias, Buen Señor del
Paraíso! ¡Siempre me acordaré de este cuento!
El chico pasó muchos veranos
contando historias a la mata de grosellas negras, pero durante los oscuros
inviernos se sentaba muchas noches cerca de la pobre chimenea, soñando con el
calor del verano. Uno de sus amigos le había dicho que habían países más
cálidos que Dinamarca, pero él no se lo podía creer. De todas formas,
continuaba soñando con aquellos lugares y pedía al Buen Señor que le concediera
visitarlos algún día.
Hans Christian concibió un
plan: cuando tuviera dinero suficiente, deseaba viajar a la ciudad más grande
de su país: Copenhague. Sabía que los artistas que había visto en el teatro
provenían de ahí, y anhelaba conocer el Teatro Real de la ciudad. “Tal vez
hasta pueda ver al rey y a la reina. ¡Oh, qué guapo es el rey! ¡Y qué hermosa
es la reina!” Y esa noche sonó que el rey le saludaba. Se lo dijo a su madre el
día siguiente, pero ella contestó: “Tonterías. Haz la tarea de la escuela y sé
un buen zapatero como tu padre”.
Pero los sueños se repetían
cada noche, de tal manera que a Hans Christian casi llegaron a gustarle las
noches más que los días, llenos de difíciles tareas escolares y de niños que se
burlaban de él.
Un día llegó a tener el dinero
suficiente para su viaje a la capital, y pidió a su madre que lo lleve donde
una adivina. Aunque escandalizada, la madre aceptó. En el camino, Hans
Christian le dijo que estaba por partir para no volver, hasta que ....
-¿Hasta qué, hijo mío?
-Hasta que se cumplan mis
sueños.
Al llegar a la casa de la
adivina, se callaron. Una anciana abrió la puerta, mientras Hans Christian se
inclinaba ante ella como si fuera una reina. ¡Ah, qué reverencia! Ella sonrió,
y escuchó las palabras:
-Dame un buen futuro. Es mi
único deseo.
Y ahora estaba sentado al
frente de la señora y sus cartas. Y le dijo lo que él deseaba escuchar:
-Vas a ser famoso, hijo mío.
Todo el mundo te conocerá, y cuando envejezcas, esta ciudad se iluminará por ti.
Ay, cómo latía su pequeño
corazón al tiempo que su frente se llenaba de sudor. No vio que su madre sacudía su cabeza.
-Y conocerás gente buena y
famosa en Copenhague. Compositores, filósofos y escritores cuidarán de ti. ¡Oh,
lo veo, hasta el rey!
¡Qué palabras tan espléndidas! Él era un muchachito con su mente extraña poblada de sueños que hasta llegaron a preocupar a su madre.
El mismo día acudió a la
plaza para encontrarse con el cartero que partía hacia Copenhague con su
carruaje. Le dio todo el dinero que tenía mientras su madre sollozaba. El
cartero hizo lugar para que el niño se sentara, y lo llevó hasta Copenhague. Lo
dejó en medio de la calle, frente a una pequeña posada, amarilla como su casa,
y ahí durmió la primera noche.
Al día siguiente fue donde
un famoso compositor, que ofrecía una cena para todos los actores, científicos
y filósofos famosos de Copenhague. Este bondadoso caballero lo invitó, y Hans
Christian pudo echar un vistazo a todas esas celebridades. ¡Ah, qué encantador!
Éste fue el comienzo de un
verdadero cuento de hadas, pero no todo fue felicidad. Hans Christian fue
blanco de burlas de toda la ciudad, como lo fue también el famoso filósofo
Soren Kierkegaard, a quien Andersen nunca dirigió la palabra, aunque se
cruzaron muchas veces. Escribió piezas para el Teatro Real, pero no fueron
aceptadas. Se le ridiculizó en caricaturas, pero Hans Christian comenzó a
hacerse conocer por sus diseños cortados en papel.
Todas las noches rezaba al
Todopoderoso: “Por favor, hazme famoso. ¡Tú tienes el poder hasta para hacerme
famoso en el Paraíso!”. Él oraba de esta manera. ¡Pobre muchacho, con su mente
complicada! No es fácil ser diferente, pero él estaba consciente de que todas
las celebridades eran diferentes en alguna forma. Una de ellas debe haberle ayudado
para que el rey le otorgue dinero para un viaje al sur de Europa. Pasó seis
meses en Italia, España, Austria, Suiza y Alemania, sin saber que se acercaba
el momento de ser famoso. Pero todavía había que vencer otros obstáculos. Nadie
deseaba publicar sus poemas y cuentos. “!Basura!” decían las imprentas.”Su
ortografía es horrible, y sus comas – ¡ay, Dios mío!”.
Se sintió un inútil hasta
que por fin unos cuentos sueños se publicaron en Alemania. ¡Eran las historias
de la mata de grosellas del jardín! Siempre habían estado ahí, y ahora se
publicaban en un país extranjero y en un idioma extraño. Pero la realización
llegó el día en que los cuentos se publicaron en su propio país, y el rey le
llamó para que los lea a las pequeñas princesas. ¡Los sueños realizados! ¡Qué
dicha! ¡Feliz de aquél que consigue cumplir sus sueños! ¡Feliz el que algún día
logra ser famoso! Feliz él, que es saludado y reverenciado por los ciudadanos
de Copenhague. “Miren,” gritaban los niños – “¡Ahí va el famoso Hans Christian
Andersen! ¡Ah, cómo latía su corazón infantil!
No se imaginaba que dentro
de poco visitaría a Charles Dickens en Londres.
No se imaginaba que sus
cuentos se difundirían por todo el mundo.
No se imaginó cuán correcta
había sido la predicción de la adivina al decir que Odense iba a brillar por
él. Pero así sucedió, y los nativos de su aldea lo aclamaron. Desgraciadamente,
no pudo disfrutar de este homenaje por padecer de un fuerte dolor de muela.
Tuvo que salir de la ceremonia y tomar el tren con dolor tanto en su corazón
como en su dentadura.
Y sucedió que se inventó la
fotografía por aquellos días. Le encantó que le fotografíen, pero sólo de un
lado.
Y sucedió que después de su
muerte, su casa en Odense se convirtió en un museo, donde todavía se pueden
apreciar sus libros, su cama, sus manuscritos traducidos a todos los idiomas
del mundo. ¡Qué hermoso!
Y poco sospechaba que a los
doscientos años de su nacimiento se iba a transmitir a todo el mundo un
espectáculo con artistas, músicos y escritores famosos, para que hasta el
espacio sideral lo escuche.
¡Feliz aquél que cumple sus
sueños!
Feliz aquél que puede
escribir cuentos en un idioma extraño y los ve traducidos a todas las lenguas
del mundo. Der var engang en bonde: Había una vez un granjero. Y en
alemán: Es war einmal ein Bauer. ¡Fabuloso! Y en ingles: Once upon a
time there was a farmer. Oh ---
Hans Christian está sentado
en su sillón favorito en el Paraíso, mirando hacia el mundo que todavía se
encanta con sus cuentos. Sonríe, y con él se regocija todo el mundo. Érase una
vez ... ¡y siempre, por siempre!

UNA ROSA DE LA
TUMBA DE HOMERO
LO QUE HACE
PAPA BIEN HECHO ESTA
